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Un crítico dijo de ella: "Nadie puede decir que el mundo es sordo, porque dondequiera que canta, a Dulce Pontes la escucha todo el mundo". Los críticos también son fans y en esas palabras se puede resumir el amor que muchos sentimos por el arte de la cantora portuguesa.
Pero pese a lo que cuenten algunos críticos, Pontes no es una figura muy conocida en América. Lo que es lamentable, porque se trata de una de las cantoras más inteligentes, brillantes y versátiles de la llamada world music, un término que a ella no le parece tan terrible.
"Mis raíces son muy portuguesas, mi sensibilidad se alimenta de las músicas de mi país, pero mi alma, mi interés, mi curiosidad están encaminadas a explorar más allá de las fronteras", dice Pontes en una entrevista desde Nueva York, donde esta semana se presentó con su grupo en el Carnegie Hall. Hoy sábado 12 hará lo propio en el Studio Theater del Carnival Center for the Performing Arts de Miami, en un concierto cuyos boletos ya están agotados.
Para Pontes, explorar es la vía más noble para evitar los encasillamientos. Porque ella ama sin duda la idea de ser una de las más exquisitas representantes del fado (la más exquisita después de la gran Amália Rodrigues), pero su arte es mucho más, mucho más.
"Lo primero que se debe aclarar es que es redundante decir fado portugués; si es fado, es portugués. Segundo, Portugal tiene un folclor musical muy rico, amplio y profundamente poético que no se limita al fado. Es un folclor alimentado de muchas influencias, incluyendo músicas africanas, que luego nosotros los artistas hacemos parte de nuestra cultura. Y es justamente porque tenemos esas influencias que para mí es importante salir a buscar sus raíces".
Eso explica que Pontes se haya aventurado a colaborar con los brasileños Daniela Mercury, Marisa Monte o Caetano Veloso, la caboverdeana Cesaria Evora, el español Kepa Junkera o el italiano Ennio Morricone. Con el maestro romano, creador de una de las obras más sólidas de música para cine, Pontes editó Focus, una colección de canciones de las diversas bandas sonoras (Cinema Paradiso, The mission, Once upon a time in the west) y temas en homenaje a la cultura lusitana (Antiga palabra, Amália por amor).
El álbum fue editado en 2003, aunque Pontes comenzó a trabajar con Morricone a principio de los años 90.
"Simplemente me sedujo, me cautivó. Conocía algo de su obra, pero luego me adentré en su música para el cine y me enamoré perdidamente de su mundo. Era lo que mi alma buscaba: alguien que podía escribir diversas músicas, con distintos acentos, sin dejar de ser italiano. Cuando comencé a trabajar con él, me dijo exactamente eso: "Cántalo todo sin olvidar que eres portuguesa'. Fue lindo".
Pontes nació en 1969 en la municipalidad de Montijo, cerca de Lisboa, y creció escuchando de todo y estudiando el piano, aunque se mostró empeñada en ser bailarina y actriz. En su adolescencia, y tal vez siguiendo la rebeldía nacida de ser descartada para bailar, integró una banda de rock y comenzó a frecuentar los grupos de teatro en Lisboa.
"Ya en esa época sentía el vínculo íntimo entre el teatro, la poesía y la canción. Sentía además que la música no tiene fronteras, sino acentos, maravillosos acentos que te enriquecen. Yo escuchaba una copla y se me erizaba la piel con tanta profundidad como cuando escucho un fado".
Su discografía revela esos viajes por el mundo. Pero si alguien quiere conocerla a fondo, hará bien en escucharla en directo.
"El escenario es donde considero que puedo hacer el mejor arte. Amo cantar en un escenario, sentir ese contacto con el público, un contacto umbilical, mágico, de piel, de corazón. La palabra cantada, como la poesía, como el teatro te permite esa comunión. ¡Bendito sea la canción!".
Eliseo Cardona
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