Dulce Pontes miró hacia atrás, el jueves en el Palau, y ofreció una
exhibición idónea para quienes disfruten de su paleta de registros
expresivos: la intérprete manierista sentada al piano, la portavoz del
folclore y el fado, la turista en Latinoamérica y la gran señora de new age
más brumosa desfilaron, una detrás de otra, en un recital de tacto
orgánico y de raíces profundas, con citas al temario reciclado de su
nuevo disco, Momentos. La voz fue, una vez más, la protagonista altiva de esta sesión del Festival del Mil·lenni.
Una noche que dispuso de una musa inspiradora en calidad de invitada:
Sílvia Pérez Cruz, a quien, a sus facetas con Las Migas, Llama, Refree
y algunas docenas de proyectos más, hay que sumar ahora la de cantante
solista. Acompañada de una miga, la guitarrista Marta Robles, un contrabajista y un percusionista, brindó con su solvencia natural un repertorio de coplas (Ay, pena, penita), poemas encantados (Covava l’ou de la mort blanca; texto de Maria-Mercè Marçal) y estrofas militantes (Gallo rojo, gallo negro, de Chicho Sánchez Ferlosio), y se permitió incluir una pieza, Estranha forma de vida, popularizada por Amália Rodrigues y que formaba parte del repertorio de la estrella de la noche, Dulce Pontes.
La diva de Montijo, distrito de Setúbal, entró en escena mostrando su
cara más académica, sentada al piano e interpretando la lírica A minha barquinha.
Los cambios de registro fueron abundantes a lo largo de la hora y media
de recital, sustentado por una formación que incluía instrumentos
fadistas, guitarra portuguesa incluida, así como acordeón, percusión y
clarinete. Pontes hizo suya la tradición folclórica ligera en Passa ou nao passa y Resineiro, y se arrimó a la gran Amália con Naufrágio y una Estranha forma de vida más ortodoxa que la de Pérez Cruz.
ASALTOS
TANGUEROS / Operó descalza y con el pelo cubierto con un pañuelo,
potenciando el dramatismo de sus expresiones faciales, y se atrevió con
temarios porteños: Chiquilín de Bachín y Volver. Untango de Dulce Pontes es como un rock’n’roll cantado por un chansonnier, aunque estas a dos piezas no les vino mal la sobrecarga de melancolía.
Las cumbres borrascosas estaban por llegar. Cançao de embalar recuperó a la Pontes épica y acrobática, que tuvo continuidad con la mística de Suite da Terra,
más cerca de Deep Forest que del barrio de Alfama, aunque su
oscurantismo medieval tenía su punto. Asumido su rol final de heroína
que canta a los accidentes naturales, no se fue sin revisar Cançao do mar y adaptar Bendita música, de Serrat. Tierra conquistada.
Por favor, mantenga la temática del artículo en los comentarios.
El lenguaje inapropiado será borrado.
Por favor, no use los comentarios para promocionar su sitio, ese tipo de mensajes serán borrados.
Asegúrese de *Recargar* la página para mostrar un nuevo código de seguridad antes de puldar 'Enviar', en el caso de haber introducido un código incorrecto.