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"Uno de los recuerdos más antiguos que tengo de mis primeros contactos con la música, fue el descubrimiento de épocas o estilos, música clásica (el primero y más querido), música portuguesa y música anglosajona. Con el primero de ellos tuve ganas de danzar, con el segundo canté muchas veces, y con el tercero volví a danzar. La música siempre significó movimiento para mi y viceversa. Me acuerdo también de un juguete especial, un piano blanco en miniatura que se podía tocar, que fue motivo de disputa entre yo y mi hermano, y acabó en pedazos en un momento de fúria por el pie de nuestro padre. La trsiteza que aquello me causó fue un motivo para llorar desgarradamente hasta que dieron otro instrumento en su subtitución. Así apareció mi primer instrumento: un chilófono de aquellos con una nota de cada color y una octava sin medios tonos. Resultado: cuando entendí que podía reproducir las notas de las canciones que me gustaban y que por esa razón existían instrumentos, después de experimentar el "Malhão" que tres colecciones de discos de vinilo que habían ahí en casa: cada caja con varios discos distribuidos, hasta ahí fue bien. Me desilusioné con el "Feliz Cumpleaños", pues alguna cosa no funcionaba. Por falta del la sostenido, fui buscando otras melodías y perfeccionando las primeras; hasta que un día mi madre me pidió que repitiera lo que acababa de tocar, y como sabía que nadie me había enseñado, creyó oportuno llevarme a una escuela de música. Fue ella también quien me puso luego, a los cuatro años, a escuchar el Himno Nacional, del que memorizé aun algunas partes del poema que me causaron una situación extraña cada vez que las cantaba, porque no comprendía su sentido. Mi madrina y mi padrino que vivían ahí cerquita eran el público perfecto para esas primeras "performances".
Ligia Serra fue mi primera profesora de piano entre los siete y los dieciseis años. Mientras, hubieron audiciones anuales y el cuarto de piano en el Conservatorio de Lisboa como alumna externa. En casa los instrumentos fueron llegando gradualmente; primero un pequeño órgano de dos octavas portátil, después otro órgano parecido a los de la iglesia con varios sonidos, incluso el de piano. Tenía una llave de la escuela de música, de forma que pasaba allí muchas horas tocando el piano seriamente, pues era así como él me entendía bien. La primera vez que canté en público fue en la escuela primaria, en la despedida de la cuarta clase, donde me acompañé del órgano de dos octavas y canté mis primeras composiciones incluyendo una especialmente compuesta para el evento. Me acuerdo de andar de sala en sala con el órgano debajo del brazo, acompañada de una profesora y de sentir mucha voluntad. La segunda vez fue de la mano de mi tío Carlos Pontes, en una cantada de fados que siguió de una salida de toros, creo yo en el Rio Frio, donde en un escenario improvisado para el efecto, él me iba diciendo frase a frase el poema "Na igreja de Santo Estevão, en el fado Vitoria, el mismo fado (música) de "Povo que lavas no rio" (álbum Lágrimas), talvez a los siete años de edad. La tercera vez fue en una de las audiciones de piano, donde canté "Fascinação" de Elis Regina, después de haber cumplido los onze años. Es necesario decir que existe una fuerte tradición musical en mi familia. Empezando por mi tío Carlos Pontes, un fadista muy carismático, un verdaero bohemio, una figura singular en el cante y en el vestido. Siempre que habían fiestas y se cantaban fados también mi padre iba a cantar un poco, y salía del aborrecido mundo de la contabilidad para hacer sonar su magnífica voz de tenor, naturalmente colocada, y a cantar temas como por ejemplo "Meu Alentejo" (álbum Caminhos). Mi abuelo Antonio Pontes era un exímio tocador de concertina, y ganó muchos concursos bailando el fandango como nadie. La familia de mi madre tampoco es menos: mi tío Francisco Gouveia, antes de mudarse a Brasil y durante su juventud, animó muchas noches Montijenses con su voz de ruiseñor recordando a Francisco José. Aun hoy cuando canta emana la humilde energía de la entrega. Mi primo Ninha, su hijo más joven, llegó también a tener varias bandas en S. Paulo y siempre que puede canta. Él es mi mejor recuerdo musical de la infancia: una canción que cantaba entre muchas conversaciones grabadas a propósito por todos los miembros de la familia. Esos cassettes pasaron a ser así una especie de cartas vivas, pues los años pasaban y nostros no nos abrazábamos igual. Era así la música: "Se essa rua, se essa rua fosse minha, eu mandava, eu mandava ladrilhar, com pedrinhas com pedrinhas diamantinas, prá mamãe, prá mamãe poder passar... "
Nací en un tierra donde los fados y los toros siempre anduvieron cogidos de la mano. Hasta donde mi memoria me permite retroceder, recuerdo yo que tenía unos cinco o seis años cuando empecé a vibrar con los preparativos que antecedían las fiestas de S. Pedro: Montijo, tierra bañada por el Tajo, con sus gentes de mar y su fe en el santo que también fue pescador. Esos preparativos consistían en la elaboración de centenas de flores de papel coloroeadas, en las colchas y las mantas artesanales de patrones y bordados tradicionales colgadas de las ventanas y los balcones, en la construcción de improvisadas trincheras de madera también ellas adornadas, en la despejada arena desde la Rua do Norte hasta la Plaza de Toros. Fue allí mismo, en un primer andar por la Rua do Norte (así llamada porque tenía su viraje al norte) que nací en 1969 hacia las once de la noche. La calle era una extensión de la casa, pues todo el mundo se conocía, y sobretodo en verano había la costumbre de sacar las sillas y los bancos a la calle, y ponerse a conversar, a sentir el fresco.
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