En 1988, en el disco De color de rosa, Los Coyotes de Víctor Abundancia hacían a Portugal toda una declaración de amor a través de la canción Mi vecinita. Portugal, tan cerca y a veces tan lejos, dándose durante años la espalda con España (o al revés, como prefieran), pese a que los dos países están unidos por una Historia próxima y, musicalmente, han bebido en algún momento de las mismas fuentes sonoras. Ahí tenemos, sin ir más lejos, a una danza sevillana llamada fandango, producto de influencias árabes, gitanas y africanas, que tuvo parte de su cultivo en el Nuevo Mundo, y que formó en el Portugal del siglo XIII, junto con la fofa y el lundu (éstas importadas de Brasil) el trío más popular de formas rítmico-coreográficas populares; formas anticipadoras de aquella que, conocida como fado, vería en el siglo XIX realizar su síntesis, pasando de la taberna a las salas para convertirse en canción.
Síntesis de lo español y lo portugués, sirviéndose en ocasiones de otros códigos, es lo que buscan Estrella Morente y Dulce Pontes con el espectáculo Dulce Estrella, en un diálogo de vecinas bien avenidas, que el domingo presentaron en la Expo, ante un público numerosísimo y con una temperatura del carajo (por lo elevada, claro). Las dos artistas recuperaron así el concierto previsto para el pasado 11 de julio, y que se suspendió por la lluvia.
Estrella y Dulce, Dulce y Estrella; dos grandes intérpretes, dos divas (cada una a su manera) compartiendo canciones, sentimientos y emociones, en una propuesta en la que también hay tiempo y lugar para demostraciones individuales de poderío. Una oferta, dígase ya, atractiva en su conjunto y ajustada en su formato, aunque necesita, más que retoques estructurales, ligeros ajustes interpretativos. Y es que no es fácil lograr el equilibrio cuando entran en juego dos personalidades tan fuertes (y dos voces tan poderosas) como las de Estrella Morente y Dulce Pontes. Funciona la complicidad en el intercambio idiomático y en las transiciones de lo español a lo portugués y viceversa (no digo del flamenco al fado y al revés, porque las dos intérpretes exceden individualmente los límites que marcan ambos géneros), y funciona la mixtura sonora compartida, en la que laten (patrimonio común) lo árabe y lo africano.
Esa subida de tono, en la bien avenida y mencionada conversación musical de vecinas, es más notoria en la primera parte del espectáculo, antes que Estrella y Dulce, cada una por su lado, ofrezcan sendas y notables muestras de su arte. En la parte final, abordando juntas piezas como María de Buenos Aires, Canción del mar y Gracias a la vida, ajustaron impulsos para confeccionar una brillante y vibrante despedida.