La gira Dulce Estrella llegaba a Pamplona hermanando a seguidores del flamenco y a fadistas, a los seguidores en general de la música con alma, desgarrada y que dos mujeres supieron recrear no sin correr riesgos y recrear divirtiéndose en un ejercicio no falto de improvisación y juegos musicales. Para muchos, parte del planteamiento del concierto fue una auténtica sorpresa ya que esperaban un recital más convencional y no con tantas licencias.
Pero si la música en directo tiene siempre un gran arma a su favor, esa es sin duda la capacidad de sorprender. Y su gran aliada es la idea de que cada concierto, a nada que fluya el duende, tiene el don de lo irrepetible. Pasó allí y una sola vez, y eso fue un placer para la vista, el oído y el paladar de aquellos que degustaron también en Baluarte a dos mujeres con talento, con ganas de probar y de buscarse en el encuentro cultural-musical.
En su concepto, Dulce Estrella está concebido como un homenaje al agua en el año en el que reflexionamos sobre la sostenibilidad del recurso más preciado de nuestro planeta. La puesta en escena resultó embaucadora, elegante, con las cantantes luciendo juego de colores de rojo y blanco en los vestidos mientras, dispuestos en dos gradas, el amplio grupo de músicos que les flanqueaban a la espalda -rítmica y percusión a la izquierda, cuerdas y vientos a la derecha- vestía totalmente de blanco. La luz fue tan sencilla como refinada en sus juegos y recortes, siempre en colores básicos, sin apenas mezcla, que sugerían sentimientos o elementos básicos en binomios rojo-fuego-pasión, azul-agua-frescura, blanco-amor-entrega, negro-noche-destino, según el hilo de las historias interpretadas y ellas guapas, guapísimas.
Pero en esa noche de sorpresas, antes que en exhibición vocal desde el primer momento, el recital comenzó con los músicos, creando un ambiente y jugando con los sonidos para que Dulce y Estrella improvisaran juntas. A ese tema le siguió una nana también interpretada por ambas cantantes, y esa constante de alternar interpretaciones más convencionales con temas más arriesgados en su sonoridad y armonía, se mantuvo durante todo el recital. Así que para esa primera parte en la que flecharon juntas al respetable, aprovecharon la esencia y la estructura de la música tradicional tanto portuguesa -más en el folk que en el fado- y en el espíritu del sur más que en el flamenco para trenzar momentos en que brillaron desde el puro talento, pero no por el temple ni la belleza concienzudamente ajustada de las dos voces, sino por pasión interpretativa.
Los que acudieron a escuchar voces hermosísimas, ajustadas en cada canción a lo más convencional, encontraron más bien efervescencia, ímpetu, calor, alegría y entusiasmo. Y en ese sentido, en su concepto, el espectáculo sonoro podría haber tenido mas trabajo previo de ensayo, antes que dejar tanto peso al talento y la capacidad de improvisar de ambas cantantes y sus excelentes músicos -sobre todo los extraordinarios Montoyita y Filipe Lucas-. De cualquier forma es encomiable que Dulce y Estrella se hayan decidido por esa vía valiente que les aporta mucho tanto a ellas como al público.
Después de esa primera parte tan sorpresiva hubo una segunda más convencional con cada una en solitario con su grupo de músicos. Comenzó Estrella, que tardó poco en arrancarse con un fervoroso saludo de "¡Viva Pamplona. Viva la tierra de mi tío Sabicas!" . No olvidemos que la granaína comenzó en el cante con sólo ocho años cantando acompañada por la guitarra del pamplonés Sabicas. Estrella se adornó en unas alegrías, interpretó también Los cuatro muleros, una de sus grandes favoritas y una soleá dedicada a Pastora Pavón, La Niña de los Peines, en la que su tío Montoyita embelesó en su inspiración en la falseta, el dominio de los arpegios y las notas graves. Siempre supo acompañarle con notable mesura y control del volumen no sin renunciar a su duende y su profunda inspiración en el toque. Perfecto para una Estrella que en su dúctil voz sabe medir como pocos el melisma y es un ejemplo de temple y de bien plantá. Le siguió Dulce, que antes que ir a sus grandes éxitos prefirió interpretar clásicos del fado que en su día inmortalizó la gran Amalia Rodríguez. Fue de menos a más, con ese poderío vocal -potencia y tesitura- que le hace llegar donde quiere y que con los años y la experiencia le ha ayudado a controlar y trabajar mejor las notas más graves.
La parte final iba a deparar aún más sorpresas. Vestidas en negro, comenzaron de nuevo juntas con una entregadísima versión de María de Buenos Aires de Piazzola. Pero el homenaje argentino continuó con Volver, el clásico de Carlos Gardel, también intensísimo y apasionado antes que refinado en ambas voces. Estaba claro que se divertían y jaleaban. Estrella le llamaba "maestra" a Dulce y la lusa le levantaba el brazo y le arengaba cada vez que podía. Así que en esta tesitura rayaron a gran altura en Cançao do mar, tema que en su día lanzó al estrellato a Dulce y la llevó a ser considerada como la gran voz de Portugal.
El público agradeció el esfuerzo, la originalidad, la entrega, la simpatía y el talento expuesto y rápidamente se puso en pie al unísono cuando se despidieron. Pero hubo propina, primero con unos jaleos muy flamencos con los coristas teniendo su momento y todos a viva voz, pasos de baile incluidos incluida una Dulce, a la que le hicieron bailar un taconeo descalza -Dulce siempre actúa descalza-. Se fueron con una también apasionada versión de Gracias a la vida, con las dos cantantes desatadas y felices en una noche en la que Pamplona se rindió a su talento.
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