Dicen que la casualidad suele improvisar a buenos compañeros de viaje. Alguien podrá contar alguna vez que el destino reunió bajo el cielo negro y brillante de Los Veranos de la Villa al fado y al flamenco. Ocurrió anoche, fue un sueño alegre y nostálgico que alguien bautizó como Dulce estrella.
Fadenco, no olviden ese nombre. Puede que brotara un día como entre dientes de la boca de una de las dos protagonistas de la velada, pero es lo mejor que puede representar ese híbrido que forman Estrella Morente y Dulce Pontes, representantes del nuevo flamenco y el nuevo fado. A pesar de ese aire moderno que le insuflan al género, siguen teniendo en las entrañas ese dolor punzante, esa emoción que no deja de emanar arte.
El Conde Duque estaba a rebosar para iniciar ese viaje por el duende y el alma. Apenas unos minutos pasaban de las 21.30 horas y las dos artistas salían al escenario. Demostraban así que ninguna había de llevar la voz cantante. Cada una emergiendo de un lado del escenario para tocarse en el medio, y arrodillarse junto a un barreño de agua en el que flotaba una pelota hueca de madera. Ese mismo barreño, que al contacto de las manos de las artistas simulaba el latido de un corazón, paría el espectáculo que empezaba, en ese mismo momento, a dar sus primeros pasos.
Y al recién nacido había que cantarle una Nana portuguesa, como manda la tradición, interpretada a capella por las dos artistas bajo una luz azulona, azul de agua.
Todo el equipo iba ceñido al color blanco, salvo Estrella, que ponía el punto de color con su mantón rojo. La música era como el agua, servía de unión de las manos y la voz.
Las dos se iban alternando con el portugués y el andaluz en los típicos pregones de Estrella y Leva leva, de Dulce. Ese tema despertó la primera ovación de la noche. Los seguidores de las dos tenían motivos para alegrarse de lo que servía de preludio al concierto.
Y en el entreacto, cada una se pegaba a su estilo de baile: Morente al braceo, Pontes a la contorsión, al son de un ritmo africano. Las dos bailarinas disfrutaban de un rato de locura improvisada.
Después asomaba un tema donde resonaban las cuerdas portuguesas. Las dos artistas empezaban a cantar el 'Milho verde' y, sin embargo, entre medias, un palmeo cambiaba la orientación de la canción transformándola en 'Los cuatro muleros'. En ese momento se hacía patente lo cerca que quedan el flamenco y el fado. Ahí el título comenzaba a comprender por dónde iba la fusión que venían anunciando las dos cantantes.
Luego eran las guitarras españolas o los rasguños típicos de la guitarra española los que entonaban la versión de Chiquilín de Bachín. Ahí iba el primer '¡olé!' Y por no saber qué decir en portugués, gritaban desde lejos un '¡bravo!'. Una señora decía, refiriéndose a Morente, desde la tercera fila: "es una niña pero sobre el escenario parece que tiene 50 años".
Hubo tiempo para las reivindicaciones. En una de ellas, entre líneas, Morente gritó a la noche "¡señor presidente, no dispare, los niños son inocentes!".
En la soledad del escenario
La primera vez que se quedó sola en el escenario, Pontes, que cambió el blanco por un vestido largo encarnado, interpretó lo mejor de su repertorio.
Luego sería Morente la que se quedara con la guitarra y la palma, en lo que bautizaron como "parte flamenca". Alguien que la esperaba zapateaba en los tablones de madera, que hicieron de suelo en mitad de ese popurrí de grandes éxitos. En esa intimidad consiguió sacar lo mejor de su voz y tocar el corazón de los suyos: "Quillo, que estamos en Madrid", le soltó a su guitarrista, como si ésta fuera una plaza difícil.
Más cerca de la fusión de los artistas que de los géneros, se encontraba ese mestizaje en el que Dulce sacaba quejíos que llevaba escondidos, quizá en la piel de algún antepasado, y Morente mecía su voz en portugués. Pero la Morente no puede dejar de ser quien es y sacaba a pasear el mantón de Manila, tentando a la oscuridad de la noche como si fuera el toro, y dejando en el caluroso recinto un tanguillo gaditano.
Pontes buceaba en la tradición portuguesa y extraía de la chistera viejas ofrendas que el público esperaba recibir, con su famosa 'Canción de mar' iniciada de forma exótica, lo que confundió al principio al público, hasta que las peculiares notas de la canción hicieron vibrar la memoria de los asistentes.
Se mezclaba el arte de las dos mujeres en su peculiar forma de entender algunas canciones. En 'María de Buenos Aires' se volvieron a encontrar las dos en el escenario y se besaron la mano. Morente iba con un vestido sexy de color lila y el cabello suelto, y Pontes, con los pies desnudos, le daba a la canción un toque de ironía. Las dos dejaban asomar su garra. Su particular forma de entender el tema Volver consiguió despertar una sonora ovación de los asistentes.
Interpretaron temas de siempre y terminaron devolviendo algo a quien tanto les ha dado con el tema 'Gracias a la vida'. Demostraron, pese a lo que algunos creían, que no fue un duelo, ni siquiera amistoso, sino una reunión de amigas que se acaban de conocer y que se entienden como si se hubieran visto desde siempre.
El concierto se fue más allá de la medianoche, entre homenajes y versiones de canciones. Recuerdos los hubo a pares, como los homenajes a la Niña de los Peines, Lola Flores, Rocío Jurado, Chavela Vargas o Amália Rodrigues, y una verdad reinando sobre las demás: Los dos cantos, el fado y el flamenco, salen del mismo pozo hondo. Y el deseo de más de uno de que se vuelvan a encontrar pronto.
El Mundo
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