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"Cuando el genio halla la música, incluso el tiempo se para a escucharla"

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Fado y flamenco achican fronteras
jueves, 17 de julio de 2008
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Dulce Pontes se muere por un cigarro al fresco. En Zaragoza, con su canícula, es imposible. Por algo había siseado con sorna un taxista: "Tenemos el mejor clima de España: los veranos de Sevilla y los inviernos de Soria". Así que Dulce Pontes, vivaracha y traviesa como un gnomo, busca un escondrijo para fumar de tapadillo: un minúsculo almacén del Centro Internacional de Prensa. Pero el placer de la artista que encandiló a Ennio Morricone cuando era casi desconocida se desvanece rápido como el humo.

-Lo siento, no se puede fumar aquí -dice una vigilante-.

Pontes suplica. La empleada se va. ¿Control superado? Todo indica que la entrevista arrancará en la escalera del cuartucho entre caladas ilegales. Pero...

-No me haga eso por favor. No pueden fumar aquí.

Una segunda vigilante, traída de refuerzo por la primera, busca complicidad. Dulce Pontes hace mohínes, saca una vena payasa que nadie intuye escuchando el desgarro de sus fados y finalmente accede a someterse a la ley. Por el pasillo, confiesa travesuras en el Vaticano y en el Kremlin.

-En Estados Unidos los mejores sitios para fumar son las escaleras de incendios de los hoteles. Tengo que dejarlo, pero estamos tan perseguidos que no puedo.

El segundo marco incomparable de la entrevista es un bordillo a pleno sol de la Expo de Zaragoza donde fumar todavía está permitido. Se levanta la falda contra el sofoco. Habla español como si se hubiera criado entre el Albaicín de Granada y el Pedregalejo de Málaga con una entonación sureña que se le ha adherido gracias a las semanas de estrecha convivencia con Estrella Morente. Han hablado, reído y cantado en una quinta de Elvas (Portugal). Han comido espeto de sardinas en Málaga. Han paseado por la Alhambra. Han hablado de maestras como la Niña de los Peines o Elis Regina; han intercambiado ritmos, confidencias y pendientes. Y finalmente han perfilado canciones para una gira que las llevará por 11 ciudades bautizada con un nombre mucho más ñoño que ellas: Dulce Estrella.

Hoy arranca en Córdoba, en el Festival de la Guitarra, aunque debería haberlo hecho en Zaragoza. Una tormenta frustró el estreno en la Expo, donde Pontes y Morente se reencontraron el pasado jueves 10 y donde ambas se arremangaron el tiempo que el fotógrafo necesitó para atraparlas frescas y divertidas por muy hambrientas y cansadas que estuvieran. Nobleza obliga.

Ni se conocían hace un año, cuando Estrella Morente debutó en Lisboa, le echó arrojo y cantó en portugués Cançao do mar, casi un himno en Portugal. "Pedí disculpas por mi acento, prometí aprender y echarme una amiga portuguesa", revive. La gira permitirá juzgar sus progresos con el portugués. Ya tiene la amiga. Se caen bien. Se nota. Cuando Estrella llega a la Expo, tras hora y media de retraso, se besan, cuchichean y ríen como colegialas. Han sintonizado sus hijos. Se han fusionado sus músicos. Y entre ellas hay complicidad, igual que entre la guitarra flamenca y la portuguesa. "Ninguna de las dos necesitamos esto, o sólo espiritualmente", aclara la cantaora. Para la gira, Pontes ha inventado dos términos: "fadenco" y "flamado". Bajo ellos sonarán coplas, tangos, fados y poemas. Títulos ensayados por ambas: Volver, María de Buenos Aires, Los cuatro muleros, Milho verde, Zambra, Foi Deus. Morente progresa con el portugués y Pontes, bisnieta de un forcado que tuvo una muerte atroz y flamenca en el albero, se adentra en jonduras. Antes que ellas, Amália Rodrigues y Lola Flores hicieron a dúo más por el entendimiento ibérico que decenas de embajadores. Entre Morente y Pontes tampoco se observan fronteras ni rayas.

Camino de la salida, Morente tropieza con Pitingo. Se elogian. Pitingo la invita a su boda. La cantaora propone rematar la entrevista sobre una grada de la Expo mientras anochece. Habla de la piratería ("vivir está por encima del arte, cuidado con enfocar la culpabilidad sobre gente que viene con un niño a vender para ganar 50 céntimos por un disco") y de su añoranza de Granada ("me siento un geranio, una piedra de allí"). Habla también de su sueño de entrar en la Scala de Milán por la puerta de la lírica, de la admiración por la gente abnegada y de su apoyo para construir en Paraguay un colegio. Cuando se va, recuerda que su primer sueldo (150 euros) se lo pagó en otra Expo, la de Sevilla, Enrique Morente, su padre. El mismo que dice que si Estrella hubiera nacido en tiempos de Mariana Pineda, por combativa la hubieran quemado con la bandera.

El País
Texto: Tereixa Constenla
Foto: Gorka Lejarcegi


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