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"Cuando el genio halla la música, incluso el tiempo se para a escucharla"

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Género aparte
domingo, 24 de febrero de 2008
2008-03-02_img_2008-02-24_03_18_41__pg103f1.jpgDulce Pontes firmó el viernes por la noche en el teatro Jovellanos un recital genial de extremos sublimes.

Encontrar el equilibrio entre lo que conocemos de esta excelentísima cantante y la artista que decide investigar en su voz y las músicas de su tierra con afán de experimentación es difícil. El recital de la genial Dulce Pontes, porque es sencillamente genial, mantuvo el viernes a lo largo de sus alrededor de noventa minutos dos actitudes diferentes. Al menos, visto desde la recepción del público. Su respuesta osciló entre la quietud casi desértica en los larguísimos temas que la portuguesa ofreció -largos en exceso y con sobradas concesiones a un aire «new age» que, aun ilustrando su muy interesante madurez musical, se van por los cerros de Tras os Montes- y los vítores y aplausos más cerrados al escuchar sus más conocidas canciones en las que sí parece que equilibra su virtuosismo vocal con el mensaje y la claridad en la exposición.

No cabe duda de que Dulce Pontes es un caso aparte en la música portuguesa. Tal vez un género aparte. Puede afrontar cualquier estilo -lo ha demostrado sobradamente- y hacerlo mejor que nadie, pero es un espíritu inquieto y diferente a los demás. Se nota en su manera de ofrecerse y dirigirse al público. Una simpatía natural y naïf que sorprende que no dialogase nada con el respetable. Hubo espacio para el fado más tradicional, en el que regaló el bello «Meu amor, meu amor» de Ary dos Santos. Y tiempo para el homenaje a Zeca Afonso, que a los jóvenes artistas e intelectuales portugueses ha influenciado bastante más que Amália, con «Menino d'oiro» e «Indios da meia praia». En cualquier caso, para acompañar a una voz así, con una imaginación y una ambición de sonidos y exploraciones tan poderosa, hace falta un respaldo de grandes músicos. Y en eso tampoco podemos decir que la estrella lusitana se haya equivocado. Pocos músicos como los portugueses saben dominar los sonidos acústicos y naturales. Y el cello de Davide Zaccaría, la guitarra braguesa, las flautas y la gaita de Amadeu Magalhães y el oboe y el clarinete de Óscar Viana, entre otros, crean magia, paisajes sonoros y dimensión mágica a los sonidos lusitanos. «Laurindinha» y «Canção do mar» no faltaron en un recorrido musical que arrancó en su último disco y terminó por las músicas que le han dado fama mundial. En Gijón se la adoró como a una diosa. Diosa también danzarina y polichinela, que decide extender su concepción a otros ámbitos de su arte para seguir creando un género independiente.

Foto de Marcos León.
La Nueva España - Gijón

*En la sección "Habla la platea", nueva crónica sobre el concierto en Gijón


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