Se despacha aquí con 26 temas en un doble cd y 7 bises en un dvd grabado durante un colorista concierto en
Estambul. Se trata de un directo de su gira mundial plasmado “a pelo” y sin retoques, respetando las entradas a destiempo, las notas en falso, los vítores del público a media canción, y donde se saca el máximo partido a los efectos del eco azaroso de los sitios escogidos para cada actuación.
Dulce se pluriemplea como cantante, pianista, compositora, arreglista, productora y editora independiente, centrando el vasto programa en historias sobre amistad, amor y familia, las tres puertas del corazón según la filosofía
pontificia (no en vano, dedica el disco a su hijo y a Dios). De hecho, tres son también los bloques temáticos del repertorio elegido: uno para el fado más crudo, sin aderezos ni maquillajes; otro en el que da rienda suelta a sus dotes de cantautora; el último es el más espiritual, donde experimenta con las acústicas de
Santa María de Óbidos y el
convento de Cristo de Tomar. Tanto material y tan disperso termina abrumando, y desde luego se hubiera agradecido algo de tijera. Pero este afán de riesgo se echa tanto de menos en música que bien merece quitarse el sombrero ante tamaña hazaña. Arropada con intervenciones de
Carlos Núñez,
Uxía,
Filipos Tsemberoulis, una pequeña orquesta de cuerda y un hipnótico acompañamiento coral que pone la piel de gallina,
Dulce Pontes baraja con inteligencia el fado con ecos impresionistas y del medievo. Hay lugar de sobras también para versiones:
Los amantes de Teruel, que popularizara
Edith Piaf con música de
Mikis Theodorakis; una introspectiva adaptación de
La llorona de
Chavela Vargas, desnuda de tópicos rancheros; un poema de
Gastao Neves en clave de
spoken word y hasta una triste elegía para su amigo
Joao Mendonça (
A verdade del poeta). El principio mismo ya es toda una declaración de intenciones –
Ovelha negra, una feroz crítica a la corrupción democrática–, para continuar en un tono más plañidero que el chelo de
Davide Zaccaria se encarga de ir remarcando a lo largo del disco –en
Os lobos e ninguém
también se atreve con un jazz de aires piazzolleros–. Y aunque priman barrocas reminiscencias –cortes próximos al lenguaje de
Bach, instrumentación antigua (un órgano de tubos en
Há festa na Mouraria o un remix final que mezcla tres tonadas tradicionales con un fondo enzarzado de influencia india, celta y árabe), una tarantela jotera como
Tenho una casa no sul o un fandango clásico (
Ou passa ou nao passa)–, queda patente el peso del maestro
Morricone en piezas tan hermosas como
O meu Porto do Graal, sin duda de lo mejor que haya escrito
Pontes.
Iván Sánchez Moreno
B!RITMOS
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