Hoy me ha vuelto a suceder, después de unos cuantos años.
Hoy he acudido a su llamada convencido que no me decepcionaría, cómo la primera vez cuando la conocí en el teatro Lope de Vega de Sevilla. He ido a dejar que me sorprendiera y emocionara, como la primera vez. Lo consiguió.
La he vuelto a ver y, aunque no me reconoció entre la gente, pienso que sabia que estaba allí, porque quién acude a verla no va a escucharla, va a compartir su tiempo y momento y disfrutar con su voz, cómo hice yo, cómo hizo todo el público asistente al concierto.
Se apagan las luces y comienza el dialogo, porque ella no canta, habla con música. Al principio fue suave en su conversación, poniendo el tono preciso en su voz y buscando captar la atención, porque así es ella, porque por algo se llama Dulce, Dulce Pontes. A medida que transcurría la interlocución, otras personas formaron parte de ese dialogo. Los sonidos y las voces se fueron intensificando y aún sonando todo a la vez, ella seguía siendo brillante, un deleite del escenario y una ambrosía para los asistentes. Así fue durante las dos horas que duró el evento.
Desde la primera nota supo donde estaba y quién se estaba entregando a ese glamour de sonidos de viento, de cuerda, de percusión, a esa idiosincrasia personal . Desde el primer aplauso supo transmitir la emoción del momento que estaba viviendo y los que la vimos supimos agradecer esa entrega.
Dicen que las cosas buenas solo pasan una vez en la vida. A mi ya me ha sucedido dos.