Lugar: auditorio del Kursaal (Donostia). Asistencia: casi lleno, unas 1.600 personas.
Eligió Dulce Pontes el título de El corazón tiene tres puertas para su CD-DVD y la gira en que lo presenta. Y concreta la localización de esas entradas-salidas vitales en «amistad, amor y familia». Si el mensaje de la artista portuguesa fluye por esa triple vertiente, su sentido de la canción y su instinto escénico se desparraman en bastantes más direcciones. Pontes evidencia con desparpajo o calidad, sentimiento o humor, recogimiento o fiesta, tradición o modernidad lo de par en par que están las puertas de la música popular lusa, y en particular la interpretada por mujeres.
Hay un largo preámbulo en su recital en el que la creadora actúa al piano, con un leve apoyo de cello y flauta. Há festa na Mouraria es el primer eco lisboeta que oyeron los atentos espectadores del Kursaal. Dulce mostró, segura y entregada, su doble filo vocal: el tradicionalmente ibero, con ecos de jota hispana, y el del gorgorito clásico, casi operístico. La supuesta fiesta incide en el tópico de que los portugueses son melancólicos hasta de juerga.
«De sueño se teje la verdad del poeta» reza A verdade do poeta, segunda canción; vaporosa, íntima. Dulce insistió en sus trances vocales con Ondeia y confesó estar tan a gusto al piano que ofreción un cuarto título que no estaba en el guión.
Demostrado con creces su espectacular dominio de todo tipo de registros vocales, dejó el piano para destapar el lado bailable, popular, racial. Primero con Resineiro, aire folclórico de la región de Beira Alta, que recogió en su día el imprescindible José Afonso.
Y por fin con composiciones en clave casi pura de fado: Maldiçao («somos dos gritos callados, dos fados desencontrados, dos amantes desunidos») o Velha tendinha, la «vieja taberna de esa Lisboa moderna». Así que más de un tercio de recital le había costado a Dulce encontrarse con el fado más reconocible, poniendo en práctica su defensa de la música portuguesa en general, demasiadas veces tópicamente focalizada en sólo lo fadístico.
La farra y el lamento se entremezclaron luego con la callejera Palhaços encapuçados y la delicada Cançao de embalar. Se remangó Dulce su largo vestido y se colocó unos cascabeles sobre sus pies descalzos para interpretar, con gaita de fondo, el sanjuanero experimento al baile Folclore.
Retornó el espíritu de Zeca Afonso en la nana de ambiente sonoro afro O meu menino é d'oiro y en Os indios da meia praia. Y el original e impactante espectáculo de la gran cantante lusa fue rematado con títulos como Os lobos e ninguém y Cançao do mar, más un regalo especial para su público vasco: Maitia nun zira. Esta chica es, efectivamente, una puerta abierta a todos los horizontes.
Diario Vasco
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