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Esas fueron las cuatro únicas palabras que pudo pronunciar un joven portugués, de agradecimiento y felicitación a Dulce, cuando ya terminado el concierto, ésta apareció en el hall del Teatre Auditori de Sant Cugat para firmar discos, y llenarse del cariño que buena parte del público quería regalarle.
No son de extrañar esas palabras. Durante el concierto, más de una vez me fijé en los rostros de la gente desconocida que tenía alrededor. Bocas abiertas, ojos fijados única y exclusivamente en la figura de Dulce. Una Dulce tímida al piano, dramática en los fados, fuerte en "Folclore", cariñosa al cantarle a su niño, cómplice con la "Dama d'Aragó", y totalmente enérgica y tal vez alocada en "Laurindinha". Yo que tengo la suerte de conocerla personalmente, sé que disfrutó muchísimo del concierto, y más aun al oir los tímidos coros de un público que se mostró cauto al principio, pero que la acompañó con mucho amor en "Os índios da meia praia". Fue un abrazo. Dulce y la platea unidos hasta el infinto a través de una melodía extraordinaria.
Musicalmente fue un concierto perfecto. Voz e instrumentos totalmente equilibrados. Por alguna razón que desconozco me cautivó el oboé de Óscar Viana. En otras ocasiones tal vez había quedado un poco escondido tras las guitarras y la gaita, pero esta vez cautivó a la platea formando un aura llena de ternura.
Cuando ya todo terminó, cuando pude empezar a pensar serenamente en todo lo vivido, me acordé de esas palabras tan desafortunadas del AVUI: aspirante a diva... Dulce no es una aspirante a diva. Lo demuestra en cada uno de sus conciertos, en tantas noches de complicidad con su público, en su último disco sobretodo, en los momentos en que recibiendo a sus fans, se la ve emocionada al oir los distintos sentires que cada uno de ellos vivió en dos horas de concierto. En el escenario es simple, y se aleja muchísimo de los fuegos de artificio que normalmente acompañanan a las divas a la hora de cantar. Entre escenario y platea, no hay nada. Sólamente un apretón de manos imaginario entre ella y el público que esconde una transmisión mágica de paz, de luz, y de agradecimiento mútuo. Todo eso no es ser diva. Es, simplemente, ser Dulce Pontes.
Obrigada Dulce.
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