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Dulce Pontes presenta hoy en el Auditori de Sant Cugat su último traba jo, El corazón tiene tres puertas (Resistencia). Lo primero que sorprende de la portuguesa, de voz casi inmaculada, es encontrarla pegada a un paquete de tabaco i aun café bien cargado. El aura de pureza y misticismo que transmite en su nuevo trabajo, un lanzamiento triple que recoge un concierto en directo, un DVD del espectáculo i un CD grabado en la iglesia de Santa María de Óbidos i el convento de Cristo en Tomar, no encaja con estos vicios mundanos. "Lo he intentado dejar tres veces, pero aquí me ves", se resigna.
Gestos como éste humanizan esta aspirante a diva de la canción portuguesa que recibe a la prensa con los pies descalzos i cantando a la luna llena. "El fado es mi ejercicio espiritual, como la canción popular portuguesa, de una diversidad de registros y tonalidades impresionante".
"La verdad, el amor y el sueño son las tres puertas del corazón que invoco desde este trabajo que considero mi obra más personal y que es el fruto de 38 años de recerca, los que tengo", afirma.
Detalla las dificultades de la grabación en unos recintos y confiesa la tensión i su enfermizo perfeccionismo: "Me adelgacé unos cuantos kilos". Aun considerándose creyente, prefiere hablar de la magia en el fado que de religión. No se siente parte de ninguna generación renovadora -"siempre he ido a la mía, debe ser porque soy del sur"- y recuerda cuando la acusaron de sacrilegio, en el 1993, de incluir en un mismo disco versiones de Zeca Afonso i de Amália Rodrigues. "Ahora es el momento de la paciencia y la tolerancia", dice mientras piensa en que le gustaría hacer un homenaje a Elis Regina y un disco de tangos de Piazzolla.
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