Las ochocientas butacas del Teatre Auditori de Sant Cugat del Vallès (Barcelona) se llenaron ayer noche para recibir a Dulce Pontes en la presentación de su disco O coração tem três portas, en su primer concierto de esta nueva gira por España que la llevará por diferentes escenarios, aunque ya había llevado el nuevo trabajo a finales de 2006 y principios de 2007 a otras ciudades.
Tengo que decir que fui al concierto sin los deberes hechos, es decir, sin haber escuchado el disco previamente, por lo que fue una primera audición del mismo en directo y no puedo profundizar en los diferentes temas como debería, sin embargo haré un recorrido de lo que me pareció el espectáculo en general. Hay que empezar diciendo que es en conjunto una gran obra de sorprendente y gratificante belleza para los sentidos.
Dulce Pontes inició el concierto de una forma pausada con tres temas tocando personalmente el piano, abrió en solitario con Há festa na Mouraria, para después seguir ofreciendo la mayor parte de los temas del nuevo disco acompañada de sus siete músicos, con gran profusión en acompañamiento de cuerdas, con envolventes sonidos y perfecto resultado musical.
Con una escenografía sencilla pero muy bella consiguió dividir el espectáculo con la ambientación perfecta para cada una de esas tres puertas del corazón: verdad, amor y sueño, reflejando el ánimo oportuno con diversas figuras reflejadas muy adecuadamente en cada caso con un efectivo colorido sobre tres plafones verticales que cubrían el fondo de la escena. Únicamente resultó molesta la inclusión en uno de los temas de unos haces de luz intensísima que desprendían unos faros en color rojo proyectados sobre la platea y que cegaban por completo la vista, innecesario.
Pero en su conjunto la escenografía y el desarrollo cambiante en el ritmo de las tres diferentes partes de la presentación hizo disfrutar de un sorprendente y emocionante espectáculo.
A destacar el inmenso mérito de Dulce Pontes al haber llevado todo el peso del proyecto en cada uno de sus aspectos: productora, arreglista, pianista, compositora y corresponsable de las mezclas del sonido y premasterización. Un proyecto bien concebido y bien desarrollado en escena.
Riquísima variedad de matices en cada una de las bellísimas melodías que conforman esta obra tan personal, en ocasiones dulce, otras barroca, con sonidos de origen celta, con algunos temas próximos al fado más tradicional, un trabajo impregnado de folclore y tradición de una manera muy original y creativa y que demuestra la madurez artística de su autora, una obra difícil y de gran calidad musical.
Su voz no hizo en ningún momento ejercicios de exceso ni virtuosismos fuera de lugar como en parte de las dos últimas ocasiones que la había visto en directo, estuvo comedida y con todas sus energías y grandeza vocal al servicio de un equilibrio artístico preciso en cada tema.
Dulce también bailó en alguno de los temas de aire más folk, con gran acierto como la danza ritual del tema Folclore, sin embargo sigue sin convencerme su expresión corporal excesiva en algún tema más, a mi entender no es precisa tanta teatralidad en esos otros momentos puntuales, no me resultan muy elegantes esos movimientos un tanto extraños, sinceramente. Sin embargo, estuvo también más comedida en ese aspecto y no sobreactuó como en sus presentaciones de O primeiro canto o Focus, al menos en Barcelona.
Dulce vino a presentar el nuevo trabajo e hizo pocas concesiones a sus éxitos de antaño, sólo tres temas antiguos sonaron, los tres de su disco Lágrimas (1993): Os índios da Meia Praia, y en los bises Canção do mar y Laurindinha con la que cerró la noche. Dulce tampoco hizo uso del recurso escénico del diálogo con el público, prácticamente no habló, sólo cantó, pero cantó con emoción.
Por último también hizo un guiño a la tierra interpretando la canción tradicional catalana La dama d'Aragó que ya había cantado en otras presentaciones por estas tierras anteriormente, y que agradó por la cortesía al público de Sant Cugat.
Dulce Pontes sigue experimentando, creciendo artísticamente y sorprendiendo de nuevo con este nuevo y elaborado trabajo musical, una joya, mucho más que saudade.
Subió al escenario con un vestido parecido al de una dama antigua, rojo, con un simple collar de plata y un pañuelo rojo en los cabellos. Se sentó al piano y empezó a cantar fado. Al terminar cuatro fados se levantó, agradeció, y se presentó a la platea, primero en portugués, y viendo que no tuvo demasiado "feedback", empezó a hablar en inglés, y entonces sí, todos aplaudieron. Incluso yo me sorprendí por el gran número de americanos que fueron a ver el espectáculo, pensé que seríamos más portugueses, pero ambas nos equivocamos.
Después de presentarse la encontré muy simpática, a veces cómica por sus expresiones faciales, y los gestos que hacía mientras bailava y cantaba su folclore. Un folclore único, contemporáneo, que sólo ella sabe cantar. Descalza bailando para nosotros, juntamente con sus músicos al violoncelo, bajo acústico, gaita, flauta, guitarra portuguesa y guitarra acústica, y su cantar, un cantar único que es su propia etiqueta.
Nos deleitó con una hora y media, y al final terminó con la música que a mi parecer, la hizo famosa en EUA, la "Cançao do mar". El pueblo aplaudió, se puso en pie, y las palmas hicieron eco. Se fue, y volvió de nuevo para entonces terminar el espectáculo con una música más para los immigrantes, "Laurindinha", y el sonido de las palmas se multiplicó, los silbidos, los gritos, hasta que se apagaron las luces y el sonido terminó completamente...
"De vez en cuando, y muy raramente, la música nos trae pura magia. El nuevo álbum de Dulce Pontes, experimenta tanto la acústica como la arquitectura, y nos lleva de viaje por el fado, por la canción étnica y medieval portuguesas. El hecho de utilizar la iglesia de Santa María de Óbidos, y distintos espacios del Convento de Cristo en Tomar, fundado por los templarios, y patrimonio cultural de la humanidad, nos transporta a un sentir único y jamás escuchado. Así son los grandes artistas.
Este viaje por el folclore, nos trae a la memoria los trabajos de Amália, en ese dominio, tres álbums grabados a finales de los años 60 e inicio de los 70, trabajos estos, que la llevaron repetidas veces al Lincoln Center, dirigida por el gran maestro André Kostelantez, en programas culturales dirigidos únicamente a la música clásica y experimental. La canción medieval, tampoco la descubrió Amália, pero la mostró al mundo, con la gracia y la profundidad de un Don Diniz, de João de Guillade o de Pêro Viviães. Y todo eso, presentado con el rigor y la creatividad de quien sabe interpretar el alma colectiva.
Dulce Pontes no copió sistemas, ni recreó procesos. Presenta un trabajo único, y al mismo tiempo, lleno de referencias, sin caer en el ridícula de la carátula, la vía fácil para un inmediato marketing musical. En la "Tendinha", creación de la gran Hermínia Silva, se presenta el cariño, la admiración y el respeto por el don de la obra creativa, sin desencadenar una patética tentativa de apropiarse del suceso melódico y temático, de un trozo que está en la memoria colectiva, pero sí haciendo seguir un camino distinto, y con todo, sin desviarse un milímetro de la esencia. Así son los grandes creadores.
Oír (y ver) a Dulce Pontes en este disco, es una aventura que traspasa lo obvio, y nos mece y arrastra a un plano metafísico del sentir. La cantante, como una bruja, mujer de virtud y de poderes ocultos, en una melismática sin Tiempo, se transfigura ella misma en una regazo de Madre Naturaleza, pura y bravía, ahora madre-regazo o mujer-placer, ahora niña descalza descubriendo sueños, o sabedora sublimada por muchas vidas vividas.
Dulce Pontes no es en este trabajo solamente Dulce. Porque la cantante no es más que una centella profunda de todos nosotros. Así sabemos ( y queremos) escucharla!